Turismo y relax en valle de Katmandú

19 de septiembre | Por

Cinco días, por muy pequeño que sea un país, nunca es suficiente para exprimir al máximo su riqueza cultural. Por eso, después de haber estado dando tumbos desde hace un mes y pico, en Nepal pisamos un poco el freno y nos asentamos con mucha calma en Katmandú y su valle el cual es Patrimonio de la Unesco. A pesar de que era tiempo de monzones y que el Himalaya se nos resistió, esta región nos ha dejado boquiabiertos en varios momentos, los cuales procuraré exponeros con sumo detalle a continuación._dsc4943Aterrizamos en el Tribhuvan International Airport que queda a unos 10 minutos del centro de Katmandú conocido con el nombre de Thamel. Tiempo les faltó a los taxistas para prestarnos su servicio, pero nosotros nos negamos de forma implacable. Como ellos mismos se niegan incluso a indicarte la parada de autobús, tuvimos que preguntar a la gente local para dar con ella. Una vez allí y empapados por la lluvia, un taxista que pasaba por nuestro lado se acercó y aceptó nuestro precio por llevarnos a la zona que nos interesaba -la mitad de lo que nos propusieron, es decir, 300 rupias nepalíes o 2,5 euros-. Sin pensárnoslo dos veces, nos metimos rápidamente en su cochambroso Suzuki Maruti, el cual es tan común como los Tata en la India, y tiramos millas.

Una vez en la bulliciosa calle Thamel Marg, probamos a indagar la zona en busca de hoteles con precio asequible. El primero que elegimos no estaba mal del todo, pero el precio era un poco abusivo para las condiciones en las que estaba. Mientras Vero se conectaba al Wifi de dicho hotel para comparar precios en Booking, yo fui visitando las habitaciones para “inspeccionarlas”. Nos interesaba sobre todo saber las condiciones de higiene, la señal del wifi y en particular la comodidad de las camas. Vamos, el tipo de cosas las que no encuentras en la descripción de Booking. Y es que a estas alturas del viaje, con tanto hotel frecuentado, ya sabemos como se las gastan aquí los del mundo del hospedaje. Nosotros, por lo general, buscamos los hoteles más económicos de la zona o ciudad de la que estemos interesados pero, dentro de la misma gama, no todos te ofrecen los mismos servicios. Un hotel en España, por muy económico que sea, tiene agua caliente 24 horas y papel higiénico como mínimo. Y está aceptablemente limpio. Aquí no. Por eso, cuando podemos preferimos hacer una visita previa antes de reservar. Una vez que Vero descubrió el hotel más adecuado a nuestros intereses, no encaminamos hacia él preguntando a diestro y siniestro. Por 200 rupias nepalíes más, encontramos un hotel un poco más decente y con un servicio más amable. Después de tomarnos el café de bienvenida y de dejar los bártulos en la habitación, nos tiramos de nuevo a la calle para descubrir Katmandú.

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Desde que pones un pie en el centro, el ambiente se respira diferente de donde veníamos. La gente pita si, y también hacia ruidos con la garganta, pero el trato en general es más agradable. No hay tanta suciedad y la miseria no es tan evidente. Eso, quieras o no, se agradece. Además todos te devuelven siempre el namasté con una alegre sonrisa que se contagia.

Los nepalíes -por lo menos los de la capital-, son de piel oscura, color marrón, como los indios pero con los ojos más achinados y son más bajos de estatura. Eso es algo a tener en cuenta cuando uno se desplaza para no comerse los marcos de las puertas. En vez de gorros blancos como llevan algunos de los habitantes de Kerala o turbantes en el norte de Nueva Delhi, llevan gorros de diferentes estampados de colores varios. Por lo demás, pocas diferencias se aprecian a simple vista. Conducen parecido, se sientan igual y viven entregados a sus Dioses por los cuales, en su nombre y a cambio de unas cuantas rupias, te pintarán un bindi -tercer ojo- en medio de la frente que con el sudor acabará pareciendo que te has metido un porrazo con – ¿porque no? – el marco de alguna de sus puertas.

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Casi todo lo que visitamos en Katmandú es lo que todo el mundo te recomienda. El Templo de los monos o Swayambhunath Temple dicen que es el más sagrado entre los lugares de perenigración budista e impresiona en concreto su localización porque desde lo alto de sus 360 escalones se puede ver toda la ciudad de Katmandú, especialmente cautivadora al atardecer. Monos hay y a patadas. Hay que tener cuidado porque aunque yo no ví a ninguno robarle nada a ningún turista – como advierte la guía -, si que los hay que te meten un manotazo como les intentes hacer una foto muy cerca u otros que te utilizan de trampolín para cruzar de un lado al otro de la escalera que cruza la colina.

Otro día fuimos al Pashupatinath Temple, uno de los templos hindú más importantes del mundo y el más antiguo de Katmandú. Allí nos dejamos engatusar por uno de los numerosos “guías” que te persiguen al acercarte a un monumento o templo, para enriquecernos con las historias del lugar. Con él visitamos los crematorios, donde las diferentes castas despiden entre llamas a sus seres queridos y una especie de casa de acogida de ancianos sin techo, mayores de 65 años, los cuales, según nuestro guía oportunista, siempre están felices porque gracias a esa casa tienen donde comer y dormir. Lo más interesante fue una misa hindú en la que nos colamos -allí estábamos ya solos-, donde nos pudimos relajar un poco, como dos nepalíes más entre todos los devotos, durante la incomprensible lectura del entregado orador.

_dsc5572Por el valle de Katmandú fuimos a visitar Nagarkot y Bhaktapur en un taxi que reservamos para todo el día por unos 30 euros. Nagarkot está en los alto de la montaña a unos 2195 metros. No serían muchos metros pero fueron los suficientes para que yo ya sentí la presión en el pecho. Nosotros nos arrepentimos un poco de haber ido en estas fechas porque el interés de aquello es básicamente las vistas al Himalaya y el Everest. Si eso no lo puedes ver por las dichosas nubes típicas de la época de monzón, poco te queda que descubrir. Si hay tiempo, mi recomendación es relajarse en la terraza del Himalaya Club con alguna bebida, comer algo en alguno de los pequeños restaurantes en el famoso View Point o también visitar los pueblos de los alrededores donde se aprecia muy fácilmente el triste estado tras el terremoto de muchas casas hechas de terracota.

_dsc5198Bhaktapur, (o traducida: ciudad devota) sin embargo, es visita obligada, llueva o, incluso, tras temblores de tierra. Es una micro ciudad preciosa, repleta de templos y pagodas – evolución de las estupas indias donde se conservan reliquias religiosas – las cuales muchas de ellas ahora están hechas añicos tras el terremoto. Los que no han desaparecido están bastante afectados o medio destruidos. Hay lugares que no sabrías que había alguna edificación si no fuera porque existen fotos que señalan lo que hubo no mucho tiempo atrás u obreros trabajando a destajo. A pesar de ello, la vida continua dentro de sus murallas. Sus plazas están llenas de comerciantes y numerosos niños que juegan con sus bicis o se acercan insistentemente a pedirte lo que sea. Pero todos rezuman alegría tras la catástrofe, y eso impresiona tanto como contemplar el Durbar Square o el Taumadhi. Recomiendo, en especial, las vistas desde un restaurante que está en el altillo de un edificio de Potter Square donde yo me tomé un magnifico té masala chai.

_dsc5159Antes de llegar a Bhaktapur, hicimos una parada en la colina de Changu, la cuál está repleta de numerosos artesanos que trabajan las máscaras de madera de dioses y diablos mezclando elementos religiosos budistas e hinduístas como tantos otros que se dedican a colorear durante días los típicos thangkas tibetanos. Nuestra meta al final de dicha colina era el templo hindú de Changu Narayan, el más antiguo de Nepal. Después de hacer la foto del momento, decidimos comer en una azotea de, diría yo, el edificio más alto de la colina de Changu. Allí, mientras devorábamos unos momos y un plato de chow mein, tuvimos la suerte de conocer a una pareja de chilenos – Constanza y Roberto – que como llevaban viajando durante cinco meses por el sudeste asiático y nos asesoraron muy carismáticamente sobre los lugares a los que ir y también los que no merecen la pena, de los países que nos aguardaban.

_dsc5815Otro día fuimos a la ciudad más antigua del valle de Katmandú: Patán o también conocida como Lalitpur, la cual no queda nada más que a 7 kilómetros del distrito de Thamel. Hay que tener cuidado, para variar, con los precios que te pueden pedir los taxistas. Como mínimo, hay que restarle un 40% del precio inicial. Después, si no tienes prisa, lo suyo es apurar hasta el 60%. Y no hay que bajarse de la burra nunca. Si no es uno será el de al lado el que te lleve. Y si nadie te lleva, subes 50 rupias nepalíes y se intenta otra vez. Rara vez he tenido que buscar más de dos taxistas. La mayoría, cuando ven que estás negociando con alguno de sus colegas, ponen el oído y si escuchan una oferta aceptable te silban para indicarte que te subas a su carro. Por cosas como ésta hemos visto hasta volar guantazos entre ellos por robarse los clientes. Como se suele decir; aquí él que no corre, vuela. Al final éste avispado nos llevó por 300 rpn (2,49 e), pero hubieran sido menos si no fuera porque Patán es otra ciudad. Una vez allí dimos un paseo por su famoso Durbar Square. Por desgracia el terremoto del 2015 ha dejado el panorama lleno de andamios y palos que inmovilizan las diferentes antiguas construcciones de terracota y metal. También callejeamos para ver el Templo Mahabhuda -el cual no se yo si merece la pena pagar 50 rpn con tanto andamio- y el impresionante Templo Dorado que llama especialmente la atención por su alucinante y esplendorosa decoración en oro y por sus múltiples figuritas de budas, talladas sobre la roca del templo.

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Que el movimiento hippie fuera el que atrajera al turismo es algo apreciable en cada esquina de cada calle del centro de Katmandú. Los barrios de Thamel y Jyatha están plagados de estas tiendas idénticas unas a otras de ya sea ropa, telas y complementos de trekking. Y entre medias hay numerosos hoteles y homestay’s para todos los gustos, como también restaurantes a tutiplén con terraza o en las azoteas que dan a las hiperactivas calles con mucha marcha los fines de semana.

Los restaurantes, mejores o peores, siempre te dan una atención muy rápida. Y tan rápida que a veces no te dejan ni leer la carta. Siempre hay algún camarero merodeando a tu alrededor para retirarte el plato en cuanto hayas acabado o sugerirte otra cerveza. No te pierden de vista ni un segundo. Y como no pidas nada más, la cuenta te la traen sin rodeos. Sin duda el que más disfrutamos repetidas veces, como otros turistas que vimos merodear por allí más de una vez, fue el Hello Kitty -el nombre puede echar para atrás, pero todo lo que comimos allí, incluyendo el desayuno, estaba muy rico y a buen precio-. La hamburguesa del Northfield Café no estaba mal, pero nuestro interés recaía más bien en la banda musical tradicional que toca allí todas las noches. El día de mi cumple, por festejar, nos fuimos al restaurante Dwarika donde pudimos disfrutar un espectacular menú degustación.

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En general, la verdad es que da la sensación que todos los restaurantes que aparentan estar bien en Katmandú, lo están. Por lo menos a nosotros ninguno nos ha defraudado. Además, a diferencia de la India, todos cuentan con un buen wifi para dar señales de vida y descansar un rato de tanto templo. Aunque la cerveza San Miguel tenga patrocinado medio Nepal, ésta no siempre se encuentra en la carta. Sin embargo, cuando la hemos visto tampoco la hemos pedido porque nos tiraba más catar las autóctonas tales como Everest, Gorkha o la Nepal Ice. Sin duda, Gorkha es nuestra preferida. La comida, en lineas generales, es muy variada y se encuentra con facilidad para todos los gustos. En una misma carta puede haber comida nepalí, tibetana, tailandesa, india u continental tipo pizza, pasta, sandwiches o hamburguesa. Vamos que, a diferencia de la India, esto se nota bastante occidentalizado. En concreto la nepalí, la que se puede encontrar con facilidad no es que sea muy variada, pero está rica. Entre lo más conocido encontramos los chow mein -nooddles con verduras-, thukpa -sopa de fideos gordos- y los Dal Bhat que básicamente vienen a ser un plato combinado con varios cuencos donde encontramos lentejas (las dal), carne (si quieres), verduras y un buen puñado de arroz. Esto lo mejor es comerlo con las manos con la ayuda de los roti -los naan o chapati de la india-. Pero yo me quedo con los momos, que me recuerdan a los jiaozi de China o los gyoza de Japón, rellenos de carne o de verdura o de los dos.
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Y poco más nos dio tiempo a hacer. Aunque Katmandú nos dejó un magnifico sabor de boca, estamos seguros que volveremos de nuevo para exprimir con más tiempo un maravilloso país que nos debe, por lo menos, una panorámica del Himalaya.

Escrito en: La historia, Yo

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