Las carreteras del sur de África

21 de agosto | Por

Dos meses antes de coger el vuelo a Ciudad del Cabo, descubrí en foros que existía una magnifica forma de conocer por libre estas tierras sudafricanas. ¿Cómo? Alquilando un 4×4 full equiped. Veinte días después de haber atravesado múltiples carreteras de Sudafrica de sur a norte junto con el borde oeste de Zimbabue y grindado el norte de Botswana para surcar el desierto de Namibia desde la brecha de Caprivi hasta de nuevo el punto de partida, puedo confirmar que cada kilómetro de asfalto de los más de ocho mil transitados merecieron la pena. 

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A veces, cabalgando sobre el asfalto de las infinitas rectas con tu privilegiado 4×4, la mayor parte del tiempo uno puede tener la sensación que está viendo por la televisión panorámica de plasma el documental de la 2 donde proyectan imágenes a 100 km por hora. Sin embargo, aquí nada te puede adormecer porque al otro lado del cristal todo es nuevo e intrigante para un forastero europeo. No existe nada que no te llame la atención y atrape tus pensamientos, algunos de los cuales no puedes evitar que desencadenen en preguntas existenciales.

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El primer día que emprendimos el road-trip fue el tercer día tras llegar a Cape Town, la cual recorrimos en autobús. Nuestro primer destino fue el impresionante Cabo de Buena Esperanza (Cape of Good Hope), descubierta en Europa por primera vez por portugueses en 1488. Para llegar hay que recorrer unos pocos de kilómetros por carretera de montaña, pero lo que se nos hizo más cuesta arriba con diferencia fue la conducción por la izquierda. Sobretodo cada vez que te pones al volante y tienes que combatir con la inercia de situarte en el carril de la derecha.

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Tras visitar el Cabo de Buena Esperanza lo que más deseábamos era estrenar los bártulos de nuestro 4×4 Camp Hire o más fácilmente conocido como 4×4-cama-y-cocina-sobre-ruedas. Así que paramos en al lado del óceano sin salir del parque natural y nos tomamos nuestro primer tentempié. Yo, si tuviera que recomendarle un medio para conocer África sin ataduras a alguien con habilidades para la improvisación, sin dudas me decantaría por el 4×4 Camp Hire. Básicamente porque es más económico que cualquier otro sistema de viaje y su gran ventaja es que permite desplazarte de un lado a otro a tus anchas y por cualquier terreno, sin necesidad de sufrir la gestión de reservas por adelantado.

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Y es que siendo realistas, nuestro viaje ha consistido en eso, ir durmiendo donde se pudiera cuando se pudiera. A medida que íbamos leyendo la guía, y siempre con la revista de campings a mano, hemos ido descubriendo los puntos de interés sin alejarnos de la ruta más corta hacia Victoria Falls durante la ida, y la de Ciudad del Cabo a la vuelta. Excepto en una ocasión en el Etosha Park, la demás veces no tuvimos ningún problema de disponibilidad in situ. Otras veces hemos tenido que acabar en un hotel porque llegábamos al destino ya entrada la noche y desconfiábamos de poder encontrar los campings con facilidad. Más de uno, como por ejemplo el de la segunda noche en Calitzdorp, estaba muy metido en la sierra a través de caminos empedrados. Ahora, mereció la pena porque fue allí donde disfruté de las mejores aguas termales naturales de mi vida.

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Una de las grandes incomodidades de viajar por carretera por este extremo del continente africano fueron el paso fronterizo y el contacto con el personal de aduanas. En concreto fue en Zimbabwe donde salimos peor parados al perder cuatro maravillosas horas por diversas complicaciones en los pagos de las tasas. Un horror. Numerosos trámites, a cada cual más incomprensible. Nuestra conclusión después de contrastarla con otros turistas fue que nos habían timado. De hecho entras en el país con una sensación ya agridulce que no se endulza precisamente al comparar los alrededores de los primeros cien kilómetros de dicho país con los del vecino del sur.

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Tampoco ayuda que haya controles cada aproximadamente 100 kilométros –Police Ahead– donde fácilmente pueden multarte si llevas por ejemplo, una pegatina reflectora despegada o rota. Esa fue nuestra experiencia, y casualmente, la de otros amigos que conocimos. Pero no todo es tan desalentador. Es precisamente gracias al contacto con los comerciantes de las gasolineras y supermercados, lo que hace disuadir las malas vibraciones y extinguir los miedos iniciales.

En los otros países, sin embargo las fronteras son más un mero trámite que termina en un sello en el pasaporte y a huir. Y cuidado con eso porque a nosotros nos pasó que, al dejar Zimbabwe, no vimos el edificio de aduanas de Botsuana y entramos en el país de ilegales sin darnos cuenta. Eso si, lo que no se les va a escapar va a ser tomarte la temperatura corporal al entrar en Namibia, obligarte a limpiarte la suela de los zapatos en un cubo en Botswana o las ruedas del coche en una piscina en Zimbabwe. Cosas raras donde las haya. Menos raro es conducir por Sudáfrica sin ver obras por todos lados, algo un poco latoso porque con un solo carril para el tránsito y deteniéndote constantemente, llegar con retraso es inevitable.

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Respecto a la calidad de las carreteras, yo diría que las de los cuatro países recorridos son bastante aptas para conducirlas entre 100 y 120 km/h mientras esté el sol presente. La gente local, como por ejemplo la de Zimbabwe, va incluso más rápida con sus Mercedes y BMW o rancheras de todo tipo. Sin duda, las mejores son las de Sudáfrica al ser las más completas, nuevas y amplias. Sobretodo cerca de Johannesburgo y Pretoria donde hay hasta cuatro carriles. En la mano contraria pondría las que se extienden por los desiertos de Namibia porque básicamente no están asfaltadas, aunque si muy bien allanadas. Las otras que no sean esas, son carreteras de doble sentido todas parecidas a las Zimbabue y Botsuana.

_DSC2595 _DSC2601Lo que no se puede hacer en ningún momento ni en ninguna carretera es conducir relajado como en las nacionales o autopistas típicas de Europa. Aquí hay que ir con cuatro ojos porque aún siendo todas ellas largas y extensas rectas hasta donde la vista se pierde, existen muchísimos animales y humanos, que transitan paralelamente al asfalto sin preferencia horaria. Para más índole, no es de extrañar ver vacas cruzar sin previo aviso, o incluso elefantes cuando uno circula por las carreteras de dentro de los parques naturales. Nosotros, sin ir más lejos, casi nos comimos una enorme y parsimoniosa vaca en un cambio de rasante. El asfalto todavía debe conservar las marcas de mis neumáticos.

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El decorado paisajístico durante nuestro road-trip no solo no se desmerece, si no que acentuó constantemente todos nuestros sentidos. Los colores son potentes y radicalmente opuestos que van desde el verde que cubre las montañas del sur de Sudáfrica como un mantel hasta el amarillo oscuro, a veces rojo, del desierto del Namib, pasando por el grisáceo casi homogéneo del parque Etosha o por el azul frío de los océanos Atlántico e Índico que bañan Cape Town. No pasan desapercibidas las jacarandas de las calles residenciales de Zimbabue que alegran la vista, como tampoco en Namibia las buganvillas del interior o las palmeras dando las bienvenida en las ciudades costeras.

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Pero lo que más desconcierta con diferencia, a la vez que hipnotiza, es contemplar a la gente durante su día a día. A partir de Zimbabue, los protagonistas son sin duda los niños y su convivencia entorno a la carretera. Te los puede encontrar desde jugando con coches hechos de grueso alambre o tetrabricks de leche hasta aparentemente paseando solos o montados en una frágil carreta de madera tirada por burros. Cuando ven que te acercas, a veces saludan sonrientes, y si te paras y bajas, salen huyendo entre risas, pero al instante la curiosidad les empuja a acercarse para posar en tus fotos o para pedirte chucherías.

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Cerca, detrás de donde empiezan los arbustos y se esconden las cabañas de madera, piedra o barro, suelen estar las madres atentas para gritarles algo o reírse con ellos. Todo lo que haces les hace gracia y claro, al final no te queda más remedio que reirte con ellos, lo que me sirvió para liberar el cansancio de los pesados kilómetros. Sus padres, por lo general son los hombres que vas viendo de vez en cuando montados en bicicletas o aquellos que conducen la manada de vacas. Pero también los hay sentados a la sombra viendo los coches pasar. Una vez que el desierto se empieza a abrir paso tras recorrer Caprivi en Namibia, la huella humana a los bordes de la carretera desapareció para siempre.

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Es curioso, pero en todos los países donde hemos puesto el huevo, hemos percibido que donde desarrollan verdaderamente la vida sus habitantes es en los arcenes de sus escasas y pequeñas carreteras como cual orilla de playa en un caluroso verano cualquiera. Todo sucede allí. Y si el mar es la carretera, las gasolineras vendrían a ser los chiringuitos donde se concentra toda la población de la zona. Éstas, entre otras utilidades, son la pista decisiva para saber que estas cerca de alguna población.

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Las podemos encontrar de todo tipo: nuevas y equipadas con datáfono y gran variedad de alimentos en Sudáfrica y Namibia, o con dos mangueras a lo más y en las que solo admiten cash. Además, ninguna encontrarás aislada en medio de los recorridos. Normalmente están en las aproximidades de las “grandes” ciudades o aldeas más pobladas y curiosamente todas pegadas una detrás de otra, desde Shell y Total conocidas en todos los puntos del mundo hasta otras desconocidas para los europeos como Engen o 1Stop. En Zimbabwe y Botswana suelen tener la música a toda pastilla y a veces se pueden quedar sin energía durante horas. En Namibia, sin embargo, la del parque nacional de Ai-Ais se quedó sin diesel, conocido aquí como Diesel 50pp.

Y hasta aquí todo lo que he podido retener sobre nuestra experiencia a cuatro ruedas. Ojalá tuviera más tiempo para daros más detalles, pero el viaje continua y todavía quedan muchas otras de las que comentaros e ilustraros. Ya si eso venís vosotros y nos lo contáis a nosotros, ¿no?

Escrito en: Africa, Manual, Yo

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