El baúl del viajero | Rio de Janeiro

20 de mayo | Por

Por fin aterricé en Río de Janeiro. Antes del mundial de fútbol y de ponerse de moda como potencia emergente, Brasil y Río en concreto eran destinos lejanos y paradisíacos. En el imaginario colectivo era un país donde las mulatas paseaban sus esculturales cuerpos por las playas tropicales, todo el mundo bailaba samba y se pasaba el día de fiesta y las caipirinhas circulaban por doquier. Eso era lo que yo esperaba también. Pero llegué de noche y el panorama era otro. Acababa de ver Cidade de Deus, la película de Fernando Mireilles, donde se describía bastante acertadamente la realidad social de las favelas cariocas. Por otra parte las múltiples advertencias sobre la delincuencia, los problemas con los taxis y etc, te hacen que llegues a esa macrourbe mal iluminada con la sensación de que te van asaltar en cualquier momento. Y es cierto que debes tomar elementales precauciones, pero cuando te acomodas en el taxi y vas entrando en la parte más noble de Río, comienzas a tomarle el pulso a la ciudad y vas viendo la cosa de otro color. Digamos, menos oscuro.

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Con el tiempo justo para ducharme, mi hermano Francho y una pandilla de amigo, me recogieron para ir al barrio de Sao Cristovao, donde había una especie de verbena con grandes casetas, puestos de fritanga y un gran escenario donde tocaban forró, un ritmo frenético que hacia bailar a una multitud. Comenzaban a cumplirse los tópicos. Río es la ciudad con el emplazamiento natural más bello que yo haya visitado. Para comprobarlo sólo hay que subir al famoso Cristo del Corcovado y deleitarse con la panorámica. La bahía de Guanabara se extiende bajo nosotros salpicada de islas, morros y playas desde Botafogo, Copacabana, Ipanema hasta su tramo final, Leblon. Las playas de esta ciudad son anchas y extensas, de blanca arena, pero el agua es fría y la resaca las hace un poco peligrosas, pero están llenas de vida. Se diría que es la zona más democrática de Río, donde se buscan la vida una multitud de vendedores ambulantes de todo tipo: comidas, bebidas, puestos de hamacas, prostitutas, ladronzuelos, masajistas, etc. La gente practicando deporte esta por todos lados: surfistas, corredores, boleyplaya y como no el omnipresente fútbol, religión en Brasil. El culto al cuerpo también es religión y el espacio para lucirlo es la playa. Pero es bastante más frecuente ver desbordantes “bundas” en tanga que esculturales garotas. Haberlas haylas, pero no es oro todo lo que reluce. ¡¡Otro topicazo!! De todas formas siempre es un placer dar un largo paseo por la Avenida Atlántica, con su famoso acerado en mosaico diseñado por Oscar Niemeyer, el centenario arquitecto brasileño fallecido recientemente. La arquitectura de Niemeyer esta bastante presente en Río, pero donde mejor se manifiesta su amor por la curva (inspirado en la cintura de las cariocas) es en el Museo de Arte Contemporáneo de Niterói. Este edificio con forma de platillo volante es todo un prodigio del diseño en equilibrio, lástima que su contenido no esté a la altura. Para llegar hay que coger un ferri en Praça XV.

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Otra panorámica inevitable es la del morro del Pan de Açucar. Después de bajar conviene entrar en el club militar que hay junto a la playa y refrescarse con una chop (cerveza a presión) o una caipirinha disfrutando de la vista y la brisa del mar. Esta inmensa ciudad de 16 millones de habitantes va por barrios. Quizás los más interesantes para pasearlos sean los más antiguos, Lapa, Santa Teresa, Larangeiras. Todos tienen en común ese aire de decadencia y decrepitud sin llegar a la ruina, pero que inevitablemente te llevan a pensar que necesitan una extensa rehabilitación o al menos una buena capa de pintura. Un lugar donde tomar un café al atardecer puede ser el Jardín Botánico. Pero es imposible no ver como se entremezclan los barrios acomodados con las favelas, de tal forma que vas paseando por la calle, entras por un callejón y te encuentras metido de lleno en una. La mayoría de la gente que vive en ellas son gente normal, pero también habitan delincuentes y narcos, por lo que conviene andarse con ojo por donde te metes. En el Centro, aparte del bullicio comercial y financiero puedes encontrar restaurantes tradicionales como el mítico Bar Luiz, para saborear un buen bacalao o una enorme milanesa con guarnición de papas y verduras. A pesar de haberlo intentado en varias ocasiones, nunca me la puede acabar. Para rematar la faena cerca del Bar Luiz en la rua da Carioca, puedes tomar un postre en el clásico Café Colombo, magnifico café y dulces en un escenario decimonónico.

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Esta ciudad adolece de muchos monumentos interesantes, como la moderna catedral metropolitana, el sugestivo Instituto Moreira Salles y algunos museos rehabilitados para el mundial y las olimpiadas, pero también son muchos los locales para escuchar música en directo y tomar unas cervezas los que abundan por Rio. En Lapa hay muchos, pero quizás el más conocido sea Río Scenarium, casa colonial magníficamente decorada donde diariamente hay artistas en directo tocando samba, choro, bosanova y el resto del universo musical de Brasil. Cerca de éste también está el Canela Fina igualmente recomendable. Pero paseando también puedes encontrar pequeños locales con rodas de samba en directo que son una sorpresa para el paseo y una delicia para los oídos. Cómo habéis podido deducir, me encanta la música y en especial la brasileña. En la confluencia de la rua Vinicius de Moraes con la de Prudente de Moraes, está el Garota de Ipanema. En la terraza de este bar, estaba una mañana Antonio Carlos Jobin degustando una caipirinha cuando vió pasar a la susodicha garota camino de la playa y le inspiró la famosa canción. Es un buen sitio para comer una picanha (carne a la barbacoa) con una buena cerveza fría. Aprovechando la fama que le proporcionó la canción, la protagonista de la misma, que ya tiene unos añitos pero sigue siendo una mujer hermosa, puso una tienda de bikinis y camisetas. No pude resistirme como buen guiri y entré a comprar una, conocí a la señora, le solté un inesperado piropo y acabé bailando con ella la canción que la hizo famosa, y le proporcionó el negocio.

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El templo del fútbol brasileño es Maracaná. Tuve ocasión de visitarlo antes de su rehabitación, entrar en su museo donde se idolatran tantas figuras del fútbol local y vivir la intensidad de un partido del Fluminense. El año pasado volví a Río para visitar a mi hermano Francho que definitivamente se hizo carioca hace más de un lustro. Se celebraba el mundial y aprovechando su acreditación de periodista pude entrar en el nuevo Maracaná, renovado para el mundial y ver en directo la final Alemania – Argentina, espectáculo gradioso en el escenario más monumental que jamás tendré ocasión de repetir. Pero esa es historia para otra ocasión porque es una de las peripecias más divertidas que jamás haya vivido. Y es que, ¡¡Me colé en la final del mundial de Brasil!!

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Cuando estás saturado de bullicio y urbe, lo mejor que puedes hacer es huir, y Río de Janeiro tiene a 100 km. a la redonda sitios paradisíacos. Al norte Buzíos, al sur Prainha y sobre todo la bahía de Paratí. Junto con mi hermano Francho y varios amigos cogimos un colectivo atestado de gente, pero barato, que en un par de horas nos transportó hasta Angra dos Reis. Desde allí abordamos una barcaza que navegó algo así como una hora y de la que desembarcamos directamente en el paraíso: ILHA GRANDE. Es una pequeña isla, antiguo penal federal, donde actualmente hay un pequeño asentamiento militar y un pueblo de pescadores. El variopinto grupo que formábamos fue encontrando alojamiento en diversas posadas. Una de ellas, situada al extremo de la playa, en un roquedal sobre el mar, acabaría siendo el actual Che Lagarto, hostel perfectamente acondicionado, barato e inmejorablemente situado. Allí conocimos a Patricio, un argentino que vivía en un pequeño barco de vela, con su guitarra y su perro Pedro. Nos propuso hacer una travesía por la isla de 2 o 3 días por un módico precio y aceptamos.

Después de recorrer varios lugares, acabamos en el maravilloso SACO DO ÇEU o saco del cielo, y efectivamente parecía una prolongación del paraíso. En medio de la selva, sin otro acceso que por mar, aquello era una ensenada muy cerrada con una especie de chiringuito precioso al fondo. Sólo se podía llegar nadando desde el barco o en un pequeño chinchorro. Aguas turquesa trasparentes, el frondoso mato verde al fondo, el canto de los loros y las cacatúas de banda sonora y una mesa repleta de frutas , pescado fresco y cerveza helada. Esto sumado a la ocurrente compañía de mi hermano y amigos hizo de aquella jornada algo inolvidable. Estuvimos comiendo, bebiendo, cantando y bañándonos hasta la madrugada, con algún intervalo de siesta sobre la misma mesa de la comida, y al despertarme con la boca pastosa y muerto de sed, lo primero que ví del líquido elemento a mis pies, fue un jarrón grande con flores tropicales y con aquel primer impulso de sed irreprimible me abalancé sobre él, me bebí la mitad del mismo y el resto me lo eché por encima. Me quede como nuevo, pero desde aquel día tengo fama entre mis colegas de, ¡¡beberme hasta los floreros!! Para colmo a la hora de pagar no teníamos suficiente efectivo (no había tarjetas, ni siquiera electricidad) y ante la desconfianza del encargado ante aquella pandilla de borrachos, nos tomaron de rehenes a mi amigo Pepe Sastre y a mí hasta que volviera al día siguiente el resto de la expedición con más pasta para liquidar la factura que desde luego no era pequeña pero mereció la pena. Lo cierto es que fue una noche desternillante, metidos en una tienda de campaña en medio de la selva, encuchando sonidos poco tranquilizadores y con un pedal del tres descojonándonos de la risa.

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Al día siguiente, una vez liquidada la cuenta y después de un opíparo desayuno que se resistieron a servirnos por la experiencia del día anterior, emprendimos el regreso hacia Paratí, pueblo colonial de pescadores donde acabó la singladura, con el espíritu festivo saciado, agujetas abdominales de la risa compartida y el ánimus jocandi intacto. ¡¡ILHA GRANDE FOREVER!!

Escrito en: El baúl del viajero

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