El baúl del viajero | Mi viaje iniciático: París

10 de enero | Por

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Hoy soy un poco más feliz porque a pesar que hubo un tiempo en el que la piezas de mi puzzle no encajaban, me he dado cuenta de que no eran las piezas, sino el dibujo que intentaba construir con ellas. Simple y llanamente.

La vida da muchas vueltas. A veces en cuestión de segundos, u otras a lo largo del los años. Si he aprendido algo con el tiempo, es que hay cosas que solo llegan cuando deben llegar. Y por mucho que nos esforcemos, o nos estresemos por poseerlas con antelación, no por eso llegarán antes. Todo tiene su ciclo. Su pauta. Su momento. Como ahora, por ejemplo, en el que he dado por fin con el dibujo de mis piezas. Un dibujo, por cierto, con muchas letras y algunas preciosas fotos…

Sin más dilaciones, doy paso a la primera entrada de una persona que nació con una guía bajo del brazo. Os hablo, nada más ni nada menos, del primer e insuperable, colaborador de #elserviajero: Mi padre Diego Barón Cano.

Firmado: elserviajero

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Siempre fuí un estudiante responsable. Estaba terminando el COU allá por el año 74 y los nervios y el ansia por terminar me provocaron unos fuertes dolores de tripa. Yo tenía mis planes de viaje para cuando terminara el curso. En concreto, un viaje a París con mi amigo Agustín en autostop. No hay que explicar que la oposición de mis padres era total. El médico, carrera a la que por cierto me dedicaría posteriormente, con buen ojo clínico, le explicó a mi madre que lo que yo necesitaba para curarme era precisamente una terapia de relajación, o sea, el susodicho viaje. Y así fué como, dándole unos golpecitos en la espalda a mi madre, salí curado de la consulta y catapultado con todos los beneplácitos para mi primer viaje iniciático.

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El medio de transporte elegido, el dedo, no fue un capricho realmente, vino impuesto por la absoluta falta de recursos con que contábamos los viajeros. Creo recordar que contaba con 20.000 pesetas (unos 120 €), para un viaje de un mes. Así qué nos pusimos hombro con hombro al borde de la carretera, extendimos nuestros pulgares y ¡¡A esperar!! Milagrosamente paró un coche, que nos avanzaba en nuestro trayecto, posteriormente otro y así hasta París, La France. El destino tampoco fue al azar. Francia, para dos chavales de nuestra edad y para España en general que estaba oliendo el final de la dictadura de Franco, era el paradigma de Europa. La libertad en todos los sentidos; política, prensa, sexual, etc. Así que no tuvimos que pensarnos mucho hacia donde encaminar nuestros pasos.

El viaje no fué fácil. Largas esperas en entradas de autopistas, acampadas en medio de ninguna parte y bastantes penurias. Con 17 años eres capaz de sobreponerte a todo, tienes la vida por delante, y yo estaba aprendiendo que el mundo era mi casa. Pero a pesar de todo, a lo largo del recorrido tanto en España como en Francia, conocimos muchas personas que nos ayudaron desinteresadamente. En concreto, en un pueblito de la cordillera del Jura llamado Cormoz. Allí conocimos a una simpática pareja, Laurent y Anne Marie, que nos acogieron en su casa, nos alimentaron, dejaron que tomáramos una ducha y nos aseáramos. Nunca tendré suficientes palabras de agradecimiento para ellos. De hecho, al año siguiente vinieron a Andalucia y tuvimos la oportunidad de acompañarlos en su caravana y mostrarles nuestra tierra. Pero esa es otra historia.

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París nos deslumbró. No voy os a descubrir ahora esta bella ciudad. Recorrimos sus inacabables avenidas y sus barrios más entrañables, siempre a pié, puesto que lo limitado de nuestro presupuesto no daba para trasporte público. Contemplamos su espléndida arquitectura monumental. Nos recreábamos con sus bellas mujeres, aunque nuestro aspecto de clochard y el olorcillo de nuestras axilas no nos diera para entablar relaciones digamos… más próximas. Comíamos kilométricas baguettes rellenas de cualquier cosa. Y por fin, dormíamos agotados en cualquier banco de Nôtre Dame o en los jardines de las Tullerías, aunque a la mañana siguiente nos despertaran a manguerazos sin contemplaciones. No nos perdimos ni El Ultimo tango en París, en un cine de los Campos Elíseos. Película sórdida donde las haya, pero prohibida en España, lo que aumentaba el morbo todavía más. Aún recuerdo lo que me dolió la propina obligatoria que tuve que soltarle a la acomodadora.

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He vuelto a París varias veces desde entonces. La ultima hace un mes. Supongo que la ciudad habrá cambiado desde que la vi por primera vez hace 40 años. No existia ni la pirámide invertida del Louvre, que Mitterand contruyó contra el parecer de franceses y foraneos, ni Les Halles, ni por supuesto el ultrarompedor Centro George Pompidou, ni el Arco de la Defensa. Pero en lo esencial sigue siendo esa ciudad atemporal a la que no importa volver mil veces. Todavía duermo en las Tullerias, pero en un buen hotel (Saint James Albany), como en buenos restaurantes y puedo permitirme asistir a una función de ballet en el Palacio Garnier (La Source, de Jean Guillaume Bart), donde tuve la suerte de encontrar unas buenas localidades al precio ridículo de 12 euros por tener la visibilidad algo reducida. Y aunque mi capacidad de asombro o de admiración siguen operativas, me cambiaría sin pensarlo por aquel chaval que comenzaba a descubrir el mundo, y aquellos ojos abiertos que lo devoraban todo; monumentos, mujeres y escaparates de charcuterías. Realmente no me gustaría volver estos años atrás. Pero lo que de verdad añoro es la intensidad de los momentos, aquella ilusión de ver las cosas por primera vez y esa capacidad de asombro a la que le quitė el celofán en ese primer viaje.

A lo largo de la vida e intentado trasmitir esas sensaciones a mis hijos. Este blog de uno de ellos, es la prueba irrefutable de que mis esfuerzos no han caído en saco roto. Y eso me hace muy feliz.

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Escrito en: El baúl del viajero

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