El baúl del viajero – La Polinesia Francesa

5 de agosto | Por

La tarde se ha estropeado un poco, no llueve pero hace un viento fresquito del sureste. Me he refugiado en el bungaló y estoy mirando por la ventana. Tras una primera linea blanca de la playa que tengo delante, se recorta el turquesa de las aguas de la laguna y tras ella otra línea blanca y verde, arena y palmeras que se agitan al viento. Al fondo, tras otra banda turquesa se eleva hacia el cielo entre azul y nubes, la impresionante mole de piedra del monte Otemanu.

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Estoy en Bora Bora, en la Polinesia Francesa. Anteriormente hemos recalado en Tahiti y en Moorea. Pero la belleza del paisaje se repite en cada rincón de estas islas, haciendo de ellas ese lejano paraíso perdido en el Océano Pacifico, donde artistas, actores y ricos de todo el mundo han venido a refugiarse desde siempre. Tras treinta horas de aviones y aeropuertos que se hacen interminables, por fin aterrizamos en Tahití, la isla principal. Su capital, Papeete, es la única ciudad a la que podríamos llamar como tal en todo el archipiélago. No es gran cosa, pero su mercado central de frutas, verduras y pescados, sus tiendas de perlas negras, que son una de las industrias principales junto al turismo y su gran paseo marítimo lleno de terrazas y barcos amarrados al muelle, le dan ese encanto de las colonias de ultramar que tratan de copiar a su metrópoli, en este caso La France.

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Los habitantes de la Polinesia Francesa son gente agradable, siempre con una sonrisa en la boca, amables en el trato y agradecidos si les dice algunas palabras en su endiablado idioma cuajado de vocales repetitivas. Aunque su vestimenta es informal, sobre todo las mujeres suelen adornar su oreja con una colorida flor, o su cabeza con una corona de flores, lo que les da un cierto aire exótico .
Los hoteles de cierta categoría son generalmente magníficos. Siempre bien ubicados y con vistas al omnipresente mar. Y aunque invitan a quedarte tumbado en la playa con una Hinano cerquita, la cerveza local más conocida, y bien fría; alquilamos un coche y recorrimos la isla. Los paisajes se repiten y en cada curva tienes una foto de portada de agencia de viajes. Playas blancas casi salvajes, aguas color turquesa en todas sus variedades y palmeras que se mecen con la brisa del mar. De vez en cuando algún velero surcando las aguas acaba de componer la postal.

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Buscamos a unos kilómetros de Papeete el museo Gauguin y lo encontramos, pero con la mala suerte que estaba en obras. De todas formas no contenía obras importantes de este pintor las cuales he tenido ocasión de admirar en todos los museos importantes del mundo.
Paul Gauguin vino a la Polinesia buscando el paraíso y la libertad absoluta para pintar. La sociedad puritana de las islas, de origen francés, lo criticó por su estilo de vida disoluto y su concubinato con menores por lo cual tuvo que regresar a Francia. Más tarde volvió y acabo refugiandose en una remota isla del archipiélago de las Islas marquesas llamada Hiva Oa, donde murió de sífilis. Sin entrar en juicios morales sobre la vida del pintor, mirando las caras de los habitantes de estas islas, sus rasgos suaves, sus anchas narices, su piel bronceada y sus tocados de flores y pareos, es mucho más fácil entender y admirar la pintura naturalista, misteriosa y críptica de este fabuloso pintor.

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Un tema bastante llamativo es el de la homosexualidad en las islas. Se ven con bastante frecuencia hombres ataviados como mujeres con los mismos tocados de flores y vestimentas que ellas, con la mayor naturalidad. Por lo visto, aparte de la homosexualidad que existe como en todas partes, tradicionalmente en las familias que sólo han tenido descendencia de varones, uno de ellos , no sé si el más pequeño, adopta el papel de una hembra para cuidar a los padres. Estos personajes, los Mahu, son bien descritos por Mario Vargas Llosa en su novela El paraíso en otra esquina, sobre la vida de Gauguin.
Mi hijo Diego es muy aficionado al surf y me advirtió que en Tahití está una de las mecas para los surferos profesionales de todo el mundo. La ola de Teahupoo, es una impresionante mole de agua que se levanta más de 10 metros y algunos desaprensivos se atreven a cabalgar. Algunos días el mar de fondo que procede del paralelo 40 latitud sur llega a romper con el arrecife coralino que sólo tiene 2 metros. La majestuosa montaña de agua que se forma y la manera de surfearla de estos jinetes de las olas pone los pelos de punta a cualquiera por el espectáculo estético y el peligro que supone que te revuelque sobre el arrecife de coral de donde puedes salir muy mal parado.

polinesia7polinesia10Moorea es una isla más pequeña y a tan sólo unos kilómetros de Tahití, de hecho es el vuelo más corto de mi vida, 10 minutos. No tiene núcleos grandes de población y sus habitantes se van diseminando junto a una carretera perimetral de la isla. Sus 60 km, se pueden recorrer en un par de horas. Se repite un poco la historia: magnífico hotel de cabañas al borde de la playa, baños en aguas cristalinas y para romper la rutina paseos en piraguas polinésicas. No puedo olvidarme del buceo, los fondos coralinos y las aguas transparentes hacen que te pases el día viendo peces tropicales de todas las formas y colores prácticamente enfrente de tu cabaña. Si te alejas un poco más hacia el arrecife es fácil bañarse con grandes rayas de largas colas o pequeños tiburones de punta de aleta negra, inofensivos y huidizos. Con unas gafas de buceo, tubo y aletas puedes retener en tu retina imágenes como las de los documentales de Jacques Cousteau.

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Un día que salimos a recorrer la isla en motos de agua, tuvimos la oportunidad de ver saltar en el mar gigantescas ballenas jorobadas que vienen a aparearse en estas cálidas aguas desde el Antártico. Las vimos como a doscientos metros porque el ruido de las motos las molesta y no podíamos acercarnos más, pero la imágen de estos enormes cetáceos levantando montañas de espuma no la olvidaré jamás.
Bora Bora. Mítico nombre de pub de ambiente polinésico o discoteca playera de pueblo. En Barbate, donde trabajé hace años, todavía existe una. Pero Bora Bora es una isla paradisíaca. Es la más pequeña de las tres que hemos visitado y se encuentra en el grupo de islas de sotavento. De hecho los hoteles están ubicados en los motus, pequeñas islas de arena que cierran el arrecife coralino. Por eso contaba al principio que veía desde mi ventana la mole de piedra del Otemanu, porque la veo desde enfrente.

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Esto es estar en una isla dentro de otra isla. Para ir a “tierra firme” desde el motu tienes que coger una lancha que te lleva desde el hotel a Vaitape, la capital, que no deja de ser una calle donde se reúnen iglesia, ayuntamiento, gendarmería, supermercado y unas pocas tiendas para turistas junto con algún restaurante.
La comida local esta basada en el pescado, el coco y la piña. Además, no se complican mucho la vida, pescado crudo , sobre todo atún rojo o mahi mahi, un pescado blanco que me recuerda otros que he comido por el Pacífico, sobre todo en Nueva Zelanda, el blue code. Afortunadamente la influencia francesa en la cocina se nota en los hoteles y en general podemos decir que se come decentemente, aunque a precio de oro. Los vinos son directamente prohibitivos. Una curiosidad local son las  roulottes, restaurantes rodantes que preparan comidas rápidas y bastante ricas. Las hay en todas las islas, pero en Tahití se reúnen por las noches en una explanada junto al muelle.
Cuando llegas a la Polinesia vienes con ganas de verlo todo y de patearte cada isla. Pero son ellas las que poco a poco te van sometiendo a su belleza y tranquilidad. El paso se enlentece, el sueño se hace más reparador, el ritmo de tu corazón disminuye y notas como te relajas paulatinamente y el resto del mundo se hace todavía más lejano.

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Ya ha anochecido, el viento se ha calmado. He salido fuera y he levantado la vista hacia el firmamento. De pronto, una estrella fugaz ha cruzado el cielo hasta desaparecer por detrás de La cruz del sur, dejando marcada una estela tan profunda en la oscuridad de la noche como en mi memoria.

Nunca olvidaré estas islas, ni este viaje

Escrito en: El baúl del viajero, Polinesia

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