El baúl del viajero | Iguazú

31 de marzo | Por

Cuando abandoné Buenos Aires lo hice con pena, pero se me pasó rápidamente porque mi vuelo no fue largo y después de un par de horas aterricé en el Paraguay, concretamente en Ciudad del Este, para visitar las espectaculares cataratas de Iguazú. Fuí el único pasajero que desembarcó de aquel bimotor destartalado que me dejó en medio de una pista de aterrizaje rodeada de un verde frondoso casi amazónico. Me dirigí a la terminal, eufemismo para un edificio construido prácticamente con chapas y palmas. Y allí permanecí, más solo que la una, esperando mi equipaje junto a una cinta transportadora que tenía pinta de no funcionar desde hacía años. Al cabo de diez minutos, cuando empezaba a temerme lo peor, se abrió la cortinilla de la susodicha cinta y para mi sorpresa no apreció mi bolsa de viaje, sino la cabeza de un señor morenito que volvió a desaparecer, para reaparecer rápidamente con el equipaje. Me preguntó si era mío. Yo miré a mi alrededor y al no ver ni una mosca, le contesté que sí, lo cual lo puso muy contentó, y entregándome el bulto desplegó una desdentada sonrisa que disipó todas mis preocupaciones.

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Antes de continuar debo aclarar que Iguazú se encuentra en la confluencia de dos ríos; el Paraná y el Iguazú -afluente del anterior-. Y estos a su vez dividen tres países; Argentina, Paraguay y Brasil. Pero mis sorpresas no terminaron aquí. Alguien debía estar esperándome en el aeropuerto para llevarme hasta Foz de Iguaçú (Brasil). Y efectivamente, apoyado sobre un viejo Mercedes, estaba un chaval de no más de trece años, mi chófer. Muy tranquilamente me explicó que su padre lo enviaba desde el otro lado del río Paraná para hacer el transfer y que me esperaba en el otro lado. Con la misma naturalidad me subí al coche, pese a mi agnosticismo me santigüé dos veces, y me dejé llevar. La verdad es que tenía pinta de conductor experimentado a pesar de su edad.

F50Foto vista aquí

Debido a su enclave fronterizo, Ciudad del Este es el paraíso del contrabando entre los tres países limítrofes. Atravesamos un puente atestado de vehículos en ambas direcciones y entre ellos tres interminables filas de ciclomotores cargados de paquetes hasta arriba. Aquello me recordaba el fluir de una arteria vital con sus glóbulos rojos y plaquetas visto con un microscopio electrónico. El paisaje circundante no podía ser más desolador, ese que a lo largo de mis viajes he podido ver en tantos países y con tantos nombres diferentes: villas miseria, favelas, tintowns, en fin, poblados inmensos de chabolas donde la gente se hacina sin las mínimas condiciones higiénicas y la delincuencia, drogas y prostitución proliferaran por doquier. Cuando por fin arrivé a mi hotel, estaba realmente cansado. Lo de hotel es otro eufemismo. A pesar de la advertencia del recepcionista de que me andara con cuidado, salí a comer algo y a echar un vistazo. Encontré un local donde ofrecían una cena espectáculo para turistas que a pesar del aspecto cutre me llamó la atención. Aquello era un cabaret de mala muerte donde entre plato y plato, algunas jóvenes mulatas ligeras de ropa ejecutaban coreografías sin mucha gracia. A pesar de todo, un buen par de cervezas heladas de medio litro, me alegraron el espíritu y las mulatas la vista.

13780488493_87ef9d85e4_kFoto de TablinumCarlson

Por la mañana temprano el panorama cambió. Esta vez vino el padre a recogerme. Realizamos una visita del lugar, la encrucijada de los ríos Paraná e Iguazú, y me explicó un antiguo proyecto para construir una especie de rotonda aérea que comunicaría los tres países y que jamás se construiría. Posteriormente fuimos a la central hidroeléctrica de Itaipú, una de las mayores del mundo y que producía energía para medio Brasil. Realmente era una obra monumental en la que intervinieron miles de obreros y para cuya construcción hubo que levantar una ciudad donde alojar a los mismos.

Pero el plato fuerte estaba por llegar, las famosas cataratas. Se pueden visitar desde el lado brasileño y desde el lado argentino. Aquella tarde la dediqué al lado brasileño. La primera vez que ves esa inmensa masa de agua cayendo cientos de metros te quedas boquiabierto. La nube de agua pulverizada que levantan a veces es tan espesa, que no te deja ver el espectáculo, por lo que conviene visitarlas en el final de la primavera o en el verano austral, para que no lleven todo su caudal. Aún así, recorriendo los senderos vas viendo las diferentes perspectivas que te ofrecen, a cual más cautivadora.

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Al día siguiente le tocó al lado argentino, Puerto Iguazú, desde donde quizás se tengan las mejores panorámicas. Una red de pasarelas elevadas, prácticamente te meten en los saltos de agua donde el rugir ensordecedor de millones de litros de agua por segundo se precipitan al vacío y una nube de vapor te empapa de sensaciones maravillosas y de agua, por supuesto. El Forest Rain, árboles centenarios y plantas exuberantes que se nutren de la humedad ambiental, te ofrece un paseo espectacular. Además si llevas el ojo avizor descubrirás cientos de aves, insectos y algunos mamíferos, como el coatí. Si quieres completar la experiencia puedes embarcarte en una zodiac que literalmente te mete debajo de la catarata, en la mismísima Garganta del Diablo. Provisto de un impermeable y una cámara resistente al agua puedes obtener unas fotos estupendas, pero mi consejo es que no pierdas el tiempo y no se te escape ni un detalle de uno de los espectáculos más grandiosos que la naturaleza te puede ofrecer. Sólo he visto algo comparable en las cataratas Victoria, en Zambia, y me imagino lo que debió sentir el Dr. David Livingston cuando cuando descubrió por primera vez “el humo que truena”, como la llaman los indígenas.

3026439856_f1002a7962_oFoto de Claudio Roberto Rolo

Para rematar la visita con una experiencia fuerte de verdad, monté en un helicóptero que te hace un tour de 15 minutos sobre la zona y de nuevo prácticamente te sumerge en la Garganta del Diablo, el salto más espectacular. Resulta algo caro, peto merece la pena. Años más tarde he oído que una pertinaz sequía sobre la zona dejaba bastante desangelado el espectáculo. No sé si por el cambio climático o la tala masiva del Amazonas, pero en cualquier caso no imagino qué puede acabar con semejante fuerza desatada de la naturaleza. Con la retina saturada de verde y agua, partí para Río de Janeiro deseando reencontrarme con mi hermano Francho y descubrir, como el Dr. Livingston con las cataratas Victoria, esa mítica ciudad. Mi parte urbanita reclamaba su sitio, y sin duda lo iba a tener. Pero de nuevo tendrá que ser en el próximo capítulo.

Escrito en: El baúl del viajero

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