El baúl del viajero | Islandía o el terrorismo geológico

13 de noviembre | Por

Aterrizamos en el aeropuerto internacional de Keflavík sobre la una de la madrugada, pero cuando me dirigí al empleado del mostrador de alquiler de coches no supe exactamente como saludarlo; ¿buenas noches o buenos días?. Así que simplemente le dije: hola.

Era final de mayo así que todavía no teníamos el sol de media noche, pero era la misma luz de atardecer -¿o tal vez era de amanecer?- que ya había experimentado en mi viaje por el círculo polar ártico y Cabo Norte. Es una de las ventajas de viajar por estas latitudes en estas fechas, los días son literalmente interminables.

Después de recoger nuestro coche (un todo-camino marca KIA, mil euros para ocho días con seguro a todo riesgo. Imprescindible), nos encaminamos a Reikiavik que se encuentra a unos 40 km del aeropuerto. En la penumbra de ese ocaso ártico, el primer contacto con el paisaje del país resulta impactante. Larguísimas rectas a través una inmensa llanura de lava que dan la sensación de haber llegado a Marte en vez de Islandia.islandia_01

El paisaje poco a poco se va poblando de casas de poca altura y polígonos industriales y, finalmente, desembocas al mar. La capital de Islandia está situada al fondo de una ensenada que abriga su pequeño puerto, al suroeste de la isla. En el paseo paralelo al mar antes referido te recibe uno de los símbolos de la ciudad, El viajero del Sol, que simula un barco vikingo con sus remeros en una singladura hacia el infinito. Cuando la vimos sobre las tres de la mañana, estaba amaneciendo y el sol hacía de fondo incomparable para la escultura. La ciudad quería recibirnos con sus mejores galas.

Después de dormir poco y mal, pues los hoteles en Islandia llevan el minimalismo nórdico al extremo y carecen de persianas, subimos a desayunar a la última planta del hotel y obtener una visión panorámica de la ciudad. Ciento veinte mil habitantes de los trescientos veinte mil del país se concentran en esta pequeña ciudad, bien organizada, limpia y sin demasiados atractivos. Un paseo de medio día para ver el Harpa, palacio de la música y edificio multifuncional al lado del puerto, algunas calles comerciales, la monolítica catedral y algún pequeño museo sin demasiado interés. Desde luego, el que vaya a Islandia a ver catedrales ha equivocado el destino. Quizás el atractivo de Reikiavik resida en su propia atmósfera tranquila, sus pequeñas plazas e iglesias, sus cafeterías siempre llenas y su gente ávida de sol y de conversación.

Si vas a charlar con un islandés, probablemente lo podrás hacer en muchos idiomas (todos hablan inglés mejor que en Oxford), incluso en español. Pero te garantizo que no lo harás en islandés, idioma francamente inabordable capaz de encadenar 10 consonantes sin darle opción a ninguna pobre vocal.IMG_2956

Como la ciudad se nos acabó pronto, decidimos visitar una de las atracciones del país: Blue Lagoon. Son unos baños termales montados a lo grande situados en medio de un campo volcánico y enfocado básicamente al turismo. Si quieres bañarte, lo cual no le veo mayor atractivo, prepara unos cien euritos del ala.

Eso me lleva a otro tema: Islandia es un país exageradamente caro. Uno de los más caros que conozco. Y lo cierto es que desconozco el motivo porque la relación calidad precio es desorbitada. En una cervecería, una cerveza local, no de importación, no debes asustarte si te cobran 10 eurazos. Un Sandwich con cerveza son 25 €. No te sientes en un restaurante para comer o cenar sin vino -sólo birra- una carne o un pescado, si no estás dispuesto a pagar 60€ mínimo. He llegado a pagar por una habitación de 10 metros cuadrados en una granja de caballos 280€. Y lo curioso es que todo está lleno. No dan abasto. En verano reciben un millón de turistas y los precios suben mucho más. Es algo incomprensible. Todo está bueno, todo está limpio, el servicio es aceptable, pero nada es para tanto y menos para las estocadas que te meten. Mi humilde opinión es que van a morir de éxito. Seguro, a menos que estén empeñados en recibir solo millonarios.

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Cerca de Reykiavik, está el Círculo Dorado, compuesto por las magníficas cataratas de Gullfoss, el parque geológico de Pingvellir y Geysir, primer géiser conocido y que le dio el nombre a todos sus hermanos. Son tres impresionantes monumentos naturales que merece la pena visitar, porque esto es lo que vas a ver en Islandia además de cómo se va vaciando el crédito de tu tarjeta. Si, eso es, todo se paga con tarjeta, desde un café hasta una simple postal. Si se te ocurre sacar un billete algo raro se siente en el ambiente.

La isla es fácilmente recorrible por la ruta nacional 1 que transcurre más o menos perimetralmente. De ahí puedes coger ramificaciones bien señaladas que te llevarán a los distintos puntos de interés. El paisaje del sur es más verde. La ausencia de árboles es prácticamente total. Monumentales acantilados junto al mar en Vik, que es el pueblo con más pluviometría de la isla, campos de lava lunares o marcianos, elevaciones pétreas imponentes y saltos de agua impresionantes que te hacen sentir lo mal repartida que está el agua en el mundo. Supongo que los islandeses opinaran lo mismo del sol cuando visitan España.

FullSizeRender-3Las carreteras son de dos carriles, e inopinadamente pierden el asfalto, siendo sustituido éste por una grava suelta altamente peligrosa. De hecho un día en medio de la lluvia, al cruzarnos con un camión nos salto algo más que un guijarro que nos impactó en el parabrisas y lo fracturó. Aquello pudo ser bastante más grave que el enorme susto que provocó. Con lo que cobran por una cerveza, les podía dar para asfaltar media Europa, pero parece que no es suficiente y están pensando en subir los precios.

Para carreteras no les dará, pero pueden presumir de un sistema de salud pública y educativo sin mácula. La medicina así como la educación privadas, no existen. Son tan buenas, que nadie se platea llevar a sus hijos a un colegio o a un hospital que no sea público. Igualmente, la seguridad es absoluta: no vimos en todo el viaje prácticamente ningún policía. La gente deja los coches abiertos así como las casas. Algo envidiable, teniendo en cuenta que el otro día robaron la tapa de la alcantarilla delante de mi casa. No es broma.

En Hùsavik, al norte de la isla, nos embarcamos en un pesquero para avistar ballenas. Y efectivamente lo hicimos, además de gigantescas orcas que nos deleitaron con sus estruendosos saltos que levantaban montañas de espuma. También pudimos observar uno de los símbolos del país: los frailecillos, pequeñas aves de torpe aleteo con el pico rojo que anidan en el suelo en acantilados y zonas remotas. Nos acercábamos a las ballenas sin molestarlas y pasaban parsimoniosamente junto al pesquero emitiendo su magnífico resoplido y sumergiendo por último su enorme aleta caudal. Despiertan sentimientos profundos que hacen inexplicable que países que llevan el ecologismo por bandera todavía cacen estos leviatanes con motivos industriales.

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Al noroeste del país se encuentran los fiordos más monumentales. Tras cuatro horas de carriles infames, pero maravillados de las vastas llanuras, montañas inverosímiles, caudalosos ríos y mil cataratas, llegamos al cabo de Látrabjarg que es la punta más occidental de Europa exceptuando las Azores. Impresionantes acantilados con un recorrido a pie de unos 12 km. donde anidan millones de aves, cormoranes, charranes árticos y por su puesto los famosos frailecillos. Es fácil quedarse solo en esta inmensidad, tumbarte con precaución al borde del abismo y observar el vuelo de las aves marinas que vuelven con el pico repleto de lanzones, pequeños pescados parecidos a los boquerones, con los que alimentan a sus crías.

A veces es duro llegar a los sitios bellos, están lejos, las carreteras son malas, pero cuando estás en un lugar como Látrabjarg, observando la maestría del vuelo de las aves y el embate de grandes olas que probablemente hayan partido de Groenlandia, puedes llegar a sentir que estás en uno de esos parajes en los cuales no te quedas corto siéndote en el fin del mundo.

Me gusta leer algo sobre los países que visito. En este caso fue un libro de relatos de Jhon Carlin llamado Crónicas de Islandia, el mejor país del mundo, y efectivamente muchas de las cosas que describe te hacen pensar que esa aseveración puede ser cierta, su sistema social, su tolerancia, seguridad y educación. Pero conozco muchos sitios que igualmente son sociedades avanzadas, tienen una cultura y monumentalidad mucho más rica, un clima más apacible y desde luego no son tan caros.

Escrito en: El baúl del viajero

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